¿Y ahora a dónde vamos? Nadine Labiki, Líbano, 2011. El fruto de las mujeres.

¿Y ahora a dónde vamos? (Et maintenant on va où ?) Nadine Labiki, Líbano, 2011. El fruto de las mujeres.

Hace poco veía la denuncia asombrada de un canal de noticias nacional sobre la ablación que cometen las madres embera sobre sus hijas, recién nacen. “Curarlas” llaman ellas al procedimiento que les cercena el clítoris a las niñas recién venidas, para evitarles “males del cuerpo” y que sean fieles. Una castración, sin mayores ambages. El salvajismo de los que aun no se han civilizado, dirían algunos de este lado de la pantalla. Y sí, pero que no es peor que el que se tiene para las mujeres en esta sociedad, del lado civilizado, que con herramientas más refinadas que un cuchillo de carne ha mantenido a las mujeres tan castradas como las emberas, castradas no físicamente, sino mentalmente, haciéndolas costillas de sus prójimos masculinos, convertidas en objetos que se definen en función de la aprobación del hombre y, lo más aberrante, dispuestas a dar sus frutos, sus hijos, al sacrificio del insaciable dios de la guerra.

El retrato sencillo y sentido que hace Nadine de la guerra idiota entre hijos de una misma tierra, Líbano, marcados musulmanes o cristianos por casualidades de la historia, a pesar de estar puesto en tono de comedia, no oculta el sin sentido de la lucha vengadora, ni el arraigo que las mujeres de este pueblo tienen por defender la vida que ha venido de ellas y que insiste en desperdiciarse en la tierra seca.
Mujeres concientes de su fruto, del valor de la existencia y del insondable dolor que causa la muerte, la irreparable, en sus corazones, frente a unos hombres, que no saben el valor de lo que quieren destruir -la vida- en la medida en que no la sintieron en sus entrañas, como niños peleando por algo tan adjetivo y externo como puede ser, en su caso, un dios. Daría igual: un dios, un partido, una creencia económica, una raza, una estrato social. Nada vale una vida, nada vale el dolor de una muerte. Ni siquiera cuando tasas una vida en términos económicos, la pérdida que sufre una sociedad que invirtió años en la crianza de un ser humano y la rabia que nace a su muerte, hay un equilibrio entre lo que se da y se quita.
Dicen que la guerra es la masacre entre gente que no se conoce, para favorecer a gente que sí se conoce, pero no se masacra. La guerra toda. Esta de acá, esa de allá. No importa que ropaje tenga, que lengua hable, ni que bandera ostente. Siempre, hechas por los pobres, apoyadas por los tontos y alienados, llenando las bodegas de los que nunca sabrán del fracaso humano que es hacer la guerra.

Estas mujeres que pinta Nadine ya lo saben y se oponen con dignidad, inteligencia y mucho de ironía a unos hombres adultos de odios infantiles, porque defienden, por encima de cualquier provocación circunstancial y externa, algo que les pertenece sin objeciones: el fruto que viene de ellas. Defienden la vida.