Aprende

Hace unos años, ya casi 10, tuve una escuela de fotografía llamada Sur, en Bucaramanga, y fue sin duda uno de los tiempos más felices de mi vida. Durante cerca de 4 años fuimos la fotografía viva, en forma cine, libros, exposiciones, interacción y claro, enseñanza. De ese tiempo es este  curso fotografía básico (haz click para leerlo o bajarlo). Voy a darme un mes para revisarlo y actualizarlo (fue escrito cuando lo digital apenas sí aparecía en el horizonte). Mientras, es un regalo para quien quiera empezar en el asunto.

Como referencia de lo que fue la escuela de fotografía Sur, un artículo de un amigo de la casa, Ricardo Abdahllah.

 

La cita era en Sur

No era necesario recordar la cita, al final de un día largo, a una hora en que lo lógico sería correr a casa, uno se encontraba con la gente en cine.  No en “el cine” sino en cine, porque las funciones no se hacían en una cómoda sala oscura con pantalla gigante sino en el patio cubierto de una casa vieja sobre el Paseo España. A las seis y media, el dueño de casa, un señor calvo que hablaba poco y al punto,  abría la puerta, se ponía pendiente para que no se saliera el perro, y la gente comenzaba a reunirse en la entrada ; un tipo bajito, de afro trasnochado, se quedaba en al puerta y entregaba los comentarios de la película “que pasó,  chamín”  saludaba y uno entraba mirando fotos y adentro o en la puerta se encontraba a la novia, a los mechudos de la UIS,  a los técnicos de la UNAB,  a un neurótico comentarista que sabía todo de cine, a dos o tres parejitas que iban siempre y se cogían de la mano, a don Alberto, que se sentaba en la primera fila, y a un tipo al que, de tanto que se parecía al líder de los Stones, habían terminado por llamar Jagger.  A las siete menos cuarto, la gente se sentaba en sillas estilo director de cine (tal vez las sillas tenían una función subliminal) y después de una breve presentación, se encendía el televisor. Jagger cuadraba el sonido y se apagaban las luces. No siempre todos aguantaban hasta el final ; a veces porque la película, aunque buena, era larga y se  corría el riesgo de perder el último bus (como sucedió, en “Reeds” de Warren Beaty), a veces porque era difícil acomodarse en la silla y el número de posiciones posibles en una silla de lona es finito, y a veces porque, hay que decirlo, hay películas que sólo pueden soportarse por puro interés histórico y abnegado amor al cine (de cuarenta espectadores, tres llegaron al final de “El nacimiento de una nación”). Una y otra vez el cuerpo pedía descanso, una y otra vez la Mona caminaba meneando la cola entre los espectadores (la historia no recuerda perro más culto, ni siquiera Lassie, que tiene estrella en el Paseo de la Fama, vio tanto cine), una y otra vez la silla se resbalaba sobre las piedras del piso y hacia ruido. Nadie protestaba.

Al final se encendía la luz y la gente decía “Hablemos de la película”. Y se hablaba y se discutía ; había gente que sabía mucho de cine y otros que sentían mucho el cine y en varias ocasiones la charla se alargaba y se continuaba a la salida y, si había mucho que decir, se llegaba hasta el parque de Las Palmas hablando de la película y una vez ahí se comenzaban a soñar cinematecas y festivales.

Fue así como en una cierta época en Bucaramanga, en el patio de una casa, se vio a Buñuel y a Hitchcock, Renoir, Woody Allen, Griffith, Buster Keaton, Eisenstein, Herzog, Chaplin, Welles, Ford, Bergman, Subiela, Fassbinder, Truffaut, Murnau, Fritz Lang, Godard, Stone, Spielberg y un largo etcétera que incluye a los directores que hace falta nombrar para completar la lista de ilustres “invitados” a las cuatro proyecciones semanales del cineclub, que sumadas a lo largo de estos años, llegaron a ser casi cuatrocientas.

Ahora se cierra Sur y se presiente que el día en que veamos otro letrero sobre la fachada nos dará un ataque de nostalgia con par lágrimas inevitables.

Bucaramanga, 2003