Llanos, azul y verde fundidos

Verde interminable, plano como una mesa de billar, que como en Ay Mi Llanura, “se confunde con el cielo en la inmensa lejanía”. Un lugar de sobrecogedora y simple belleza, donde la gente palpita como su tierra.

 

Este país, este mundo, mejor, es como la vida, un poco como la caja de chocolates de la mamá de Forrest Gump, todo diverso y continuo al mismo tiempo. Como que con un pequeño gesto se puede ir del mar al monte y de ahí a la sabana sin mucho saber. Esto para decir que a sólo dos horas de Bogotá (siete en los años de Upa cuando Villavicencio era casi en Venezuela, tres si les toca salir  en un día de diluvio y trancón), asomándose por una vía muy bien construida y llena de esas maravillas llamadas puentes y túneles con que los ingenieros nos hacen sentir los reyes de la creación, justo al lado de esas otras maravillas de la naturaleza, desfiladeros y montañas hechas como por la mano de un niño de kinder, que nos devuelven al puesto, se llega a un lugar de una belleza simple e incomparable: los Llanos Orientales. Claro, decir se llega es una forma imprecisa de decirlo, porque su vastedad descomunal es inabarcable para el verbo llegar. Algo conciente de ello intenté la  aproximación desde quien que poco abarca con tal de mucho apretar, y decidí conocer un micro pedazo de los Llanos en bicicleta.  Tarde como llegué a Villavicencio a causa de la veneciana Bogotá de esa mañana, y después de encontrarme a boca de jarro con un concurso de música y danza llanera infantil que me hizo estremecer por lo sentido de  su actuar, terminé por intentar el tramo Villavicencio – Puerto López de sólo 80 km después de las dos de la tarde creyendo que 4 horas me bastarían para hacer el tramo que se hace en sólo una en carro.

Pero ni el físico de pensionado en hamaca, ni la belleza del lugar me dejaron avanzar más de medio camino. Porque no acababa de pedalear un par de kilómetros cuando paraba para extasiarme (y a veces olvidar fotografiar) el verde plano como mesa de billar, mientras pasaban uno tras otro los camiones cisterna rumbo a los pozos. Vi  en un caño insignificante  a peces de muchos tamaños intentar remontar la corriente, disparados como escupítajos consecutivos, uno tras otro, chocando muchos, pasando algunos, la barrera de las rocas.  Vi cientos de garzas, una blancas, unas rosas, levantar el vuelo asustadas por el tractor o recorriendo los riachuelos buscando un pasabocas. Vi caer la tarde lejos de mi destino, agotado del calor y maravillado de tanta imagen, con un cielo que a pesar del invierno de nube cerrada, se negaba a dejar de lucir su garboso color acentuado que deja boquiabierto a quien se le plante.

 

Al final del día, comiendo lo que no quise almorzar, en el Villa Laura, un cómodo hotel de camioneros, de dueño  santandereano (aquí hay hasta un Papi quiero piña y un Hotel Bucarica en la vía) terminé por quedarme dormido muy temprano viendo el capítulo del día sobre el referendo reeleccionista. Y muy temprano al día siguiente, como turista obediente, tomé de nuevo la ruta, luego de un café cargado, cortesía de la casa, para presenciar con algo de escepticismo lo que describía la guía como uno de los espectáculos más hermosos del lugar: el amanecer llanero.  La salida del sol madrugado gracias a la carencia de montañas en el horizonte, acompañado del incesante cantar de pájaros de todas especies y tamaños, terminaron por tornar mi incredulidad en deslumbramiento. En medio de un cielo claro y mañana fría, reventaba el mono en un desplante de poder, despertando a todo el mundo, tanto a los mismos camioneros que ya comenzaban sus impresionantes jornadas, como a todo el resto de personajes del lugar, incluyendo un par de gavilanes, gaviotas en bandada, todas las vacas de la planicie, que no chatura, y un animal que no quise saber cual era, pero que su bufido o rugido me hizo apretar el paso. Desayuno trancado, como de arriero, para pasar por Menecure, un gigantesco parque hotel natural de 800 hectáreas, al que tendré que visitar un puente de estos, y luego ver colgado  de un gancho, a orilla de carretera, un pescado de antenas y labios gruesos, el cachilapo (“y espere le muestro este bagre” dijo entre risas la señora “Tómele la foto pa cuando le de hambre”) para terminar de ver, finalmente, a Puerto López, donde habría de encontrarme para  el almuerzo que me gritaban las piernas, en “Manchego” , con “la llanera más rica que se pueda comer”(risas para el tipo con casco y gafas amarillas con cara de mamado). Una ternera, mamona que llaman aquí, generosa, simple y deliciosa, que devuelve el alma al cuerpo.

Se sorprende uno del fuerte raigambre de la cultura llanera. Los niños y niñas que vi zapateando en Villavo no fueron casualidad, ni la música de arpa, cuatro, bandola y maracas que sonaba en cada esquina eran para turistas, sino un respirar del sentir llanero que se apropia del que vive aquí, sin importar su origen. Vi a Jhon Jairo, un joven estudiante de Administración, enseñando con vigor a cerca de 30 parejas (muchos para mi, pocos para él). Tacatacatá-tacatacatá decía con su pies y a sus palmas sus alumnos le respondían, en un tap vigoroso que semeja un desafío, un trotar de caballo, una invitación a la vida, mientras a una pared de distancia, debajo de un almendro, don José y su bandola enseñaban a un par de chiquitos a rasgar las cuerdas, al lado de una morenita escuincle que ya sabe acariciar las maracas al ritmo de ese gabán.

Un mototaxista -acosado celularmente por su mujer- me llevó con don Roque, un negro de Berrío, con 89 años, barquero él, a hacer un recorrido por un río Metica de aguas revueltas y espuma de matas masticadas por la creciente, a ver algunos planchones en la orilla a la espera de la siguiente carga de vacas y a otros que ya dormían el sueño de los justos.

Fui también, después de padecer un diagnóstico de espanto de un médico que me curó un ojo irritado, a ver el centro geográfico de Colombia, al menos simbólicamente, en el alto de Menegua, para divisar desde una de las pocas elevaciones que da esta tierra el esplendor del paisaje mientras caía la tarde. Los animales que no vería por lo breve de mi visita y mis pocas habilidades de investigador de fauna, que sólo me dieron para que un perro me mordiera,  me los habría de encontrar en el Parque Los Ocarros en Villavicencio, ya de vuelta, donde tienen una impresionante colección de los pobladores de los esteros y morichales (¿no es eso de una canción?) de este llano infinito. Aves, reptiles, mamíferos de esos que se ven el NG, pero ahí enfrente a uno. Curiosamente, el coleo, que creí que me encontraría en cada esquina no tenía programación por esos días. Pero igual, me traje el sabor de una tierra que con todo y su cercanía y aspiración del espejismo del desarrollo y los nuevos valores, sabe conservar el orgullo de su ser raizal. Hasta pronto vecinos.