Palabras

¡!Fotos no¡¡
La imagen en tiempos de la paranoia
Un nuevo embeleco recorre el cuaderno de órdenes de los encargados de la seguridad de este país: Prohibidas las fotos. Por mezquindad, por paranoia o por que no se sepa, las fotos son ahora mal vistas.
Soy fotógrafo, y como corresponde a mi oficio, que más que oficio es afición, hago fotos por donde voy. De hecho, cargo mi cámara en mi sempiterno morral, siempre con lentes, memoria y batería suficiente para lo que se me pudiera antojar u ofrecer. Nunca sabe uno donde va a estar esa escena preciosa, que bien puede servir para la colección infinita de imágenes o para el banco de escenas típicas que a veces puede uno vender y que muchas veces le dan a uno para pagar sus servicios públicos en tiempos de escasez.
Recién llegado, como soy, a Bogotá, para mis ojos casi todo es nuevo y suelo pasearme por los sitios ícónicos de la ciudad, claro cuidándome de no exhibir demasiado la cámara con tal de no ser blanco de la abundante delincuencia. Pero para mi sorpresa, no han sido los amables rateros (que se han dedicado a robar a otros prójimos) quienes me hacen difícil disparar mi aparato fotográfico, sino toda suerte de personajes propios de este habitat llamado Seguridad Democrática: celadores, policías, perros anti explosivos, soldados, agentes encubiertos, uno que otro escolta y hasta la gente de algún partido de izquierda. Todos a una con un ¡fotos no! en su boca, cada cual por distinta razón.
Primero me tocó en El Museo de El Chicó. “Aquí fotos no” me explicó el recepcionista celador “porque es que este un ente privado y sólo se permiten si ud. paga una tarifa de 300.mil por una hora”. Sorprendido ante la desorbitada oferta traté de explicar: “Pero es que yo no voy a fotografiar con modelos, ni con luces, ni siquiera quiero fotografiar el interior del Museo (para descartarle de plano que no quería fotografiar las obras como paso previo a robármelas después, que las cámaras se asocian ahora con actos oscuros), sólo quiero fotografiar la fachada, serán por ahí 10 minutos”. Nada; impasible, me repitió el casete de lo privado y los 300 Gaitanes . Bueno, pensé, es un ente privado y en su casa cada quien hace lo que se le antoja.
Luego me pasó en el edificio de la 67 con 7 donde mora una empresa de comunicación de gran compañía y audiencia, y algún ex presidente de voz aflautada. Mientras esperaba afuera en el andén sentado a que saliera mi amiga Deysa, me dediqué a matar el tiempo fotografiando el sol en los edificios vecinos contra el cielo de la tarde. No acababa de sacar la cámara cuando se me acercó un celador con perro de cara de pocos amigos (el perro y el celador) a decirme (el celador) que no podía fotografiar. Como tenía tiempo y ganas de discutir, le dije que no, que no podía prohibirme tomar fotos en la calle a lo que se me antojara y que si quería, llamara a la Policía. Pues la llamó, y presta apareció en la forma de dos agentes medio aburridos del chicharrón de un necio que no entendía las reglas de la Seguridá Paranoica. Yo arranqué a decir, después de mostrarles mi morral, mi carné de fotógrafo (ya hace unos años aprendí que debo mostrar un plástico que yo mismo hice con mi nombre, mi foto (para comprobar que yo soy yo) y datos personales para que la ley no me detenga a cada rato por mi cámara) que fotografiar en la calle no requiere permiso, porque la calle, según me enseñaron en casa, es de todos, y que si querían me llevaran preso por porte ilegal de cámara y toma con fines terrorista de fotos. Ya se estaba calentando la cosa, pero decidí darles la razón porque finalmente iba para cine y no me iba a perder la función, más teniendo en cuenta que ya la luz se había acabado. Pero bueno, pensé, a los agentes de la ley y el orden los joden si no hacen cumplir la micro ley que cada dueño de edificio quiere imponer.
Luego un domingo en el Parque Nacional llegué tarde a un tropel que se había formado porque unos policías medio novatos trataban de correr a uno vendedores de alguna chuchería (las cosas de la ley y el orden) y unos fotógrafos de mochila, supongo de la Nacional y socialbacanos, les habían tomado fotos ejecutando su encomiable labor de protección ciudadana. El caso es que se querían llevar no sólo a los vendedores, sino a los fotógrafos atrevidos que fotografiaban el acto sin permiso (al parecer se necesita permiso para fotografiar la realidad, porque la realidad como tal no necesita permiso), y claro, pues saqué mi cámara y mi hechizo carné amarillito de fotógrafo, para unirme al tropel mientras, disparando mi cámara, gritaba que “yo también estoy tomando fotos, llévenme preso”. “No sea sapo, periodista” respondieron los verdes. Al final el tropel se disolvió con la presión de la gente, pero a mi la espinita me iba quedando en la garganta.
La tapa de la olla, la espinita que me hizo escribir estas líneas, me tocó hace un par de días en el Parque del Renacimiento. Aprovechando la tarde de verano de sol y cielo azul me fui a hacer unas tomas del parque en mención. Ni bien saqué mi cámara, que es una gorda reflex, me llegó la celadora para decirme que para que eran las fotos. “Para nada en particular. Soy fotógrafo y tomo fotos”, respondí seco. “Pues aquí no puede tomar fotos sin previa autorización del IDR no sequé”. “Pero este es un parque público ¿no? O sea, también es mío ¡¿por que no podría tomar fotos?¡ “Porque ud las puede usar luego para venderlas y la Alcaldía no recibiría nada por ello”. Pues por supuesto que no ha de recibir nada porque el que trabaja soy yo. Además el gobierno ya recibe de mi pagos cada vez que cojo el Transmilenio, compro la leche o voy al cine” Igual, la celadora estaba en modo de “prohibido” y sólo pude conseguir de ella que me llevar a con el administrador, el cual me repitió la dosis, y aunque trató de mostrarme el decreto reglamentario anti fotógrafos no lo consiguió porque estaba embolatado comentando por el radio con los otros celadores el hecho de que el Distrito aún no les pagaba el salario. Al final me trancé por firmar un documento en el que juraba y recontrajuraba que no usaría las imágenes con fines comerciales, firma que finalmente no hice, porque el parque no es muy fotogénico, y menos cuando le han hecho dar a uno un mal rato.
Yo me pregunto ¿Sigue siendo la calle un sitio público? ¿Las fachadas de los edificios y las calles son ahora personas que tiene derecho a no querer ser fotografiados?¿Necesitamos los fotógrafos ahora licencia para fotografiar, a riesgo de ser considerados ser sospechosos? ¿Sospechosos de qué, me pregunto yo, de robarles el alma cómo creen algunas culturas? Dan hasta risa sus medidas de seguridad que prohíben cámaras grandes, como si quien los quisiera espiar no pudiera hacer fotos más discretas con un celular y efectuar penetraciones más efectivas que una simple foto. Mientras esto pasa, las cámaras de seguridad, instaladas en todas partes, desde cruces de calles hasta en buses intermunicipales, registran a su gusto nuestras caras cada día, sin mencionar las chuzadas a discreción que ejecutan sin pudor las fuerzas de seguridad e inseguridad de este país. Eso sin mencionar la manía insoportable de algunos de tomar fotos y subirlas al CareLibro con los nombre s de cada uno para que otros miles les vean tomándose una cerveza, con tanga en la playa o rascándose el ombligo.
Prohibir fotos por seguridad en lugares públicos es tan absurdo en esa costumbre, que ya casi se vuelve un saludo de bienvenida, de los centros comerciales que exige a sus celadores hacer abrir las maletas buscando no se sabe que (les he preguntado directamente a los celadores y ni ellos saben), o la de pasar unos espjitos por debajo de los carros a la entrada de los parqueaderos, cómo si quien fuera a por bombas las llevara a la vista.
Aún me acuerdo de esas fotos tomadas al pasar en el centro de las ciudades que uno reclamaba días después al lado del Tía, como un testimonio de su desprevenido caminar por la calle. Pero ya no es posible. Si toma fotos en el centro, aparte de querer hacerse robar de gratis, se puede estar exponiendo no sólo al reclamo airado del fotografiado, sino también al apremio de los y las que cuidan ya no sólo la vida, honra y bienes de quien les pague, sino también, cosa divina, la imagen sus edificios.

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