Cocuy, dios del cielo y la montaña

El Cocuy, dios del cielo y la montaña

Imaginen uds el azul, pero no un azul cualquiera, sino un azul, intenso, vibrante, profundo, frío, envolvente. Y ahora imaginen el blanco, el más puro, el que es casi una nube iluminada por el sol, un blanco que deslumbra,  un blanco imposible, en forma de sueño. ¿lo imaginan? Bueno, eso, es más o menos una de las sensaciones que se tienen en un lugar de maravilla llamado la Sierra Nevada del Cocuy, uno de los más hermosos lugares de esta Colombia, y a juicio de lo que mucho mundo han recorrido, de esta Tierra.

Protegido como Parque Nacional, la S.N. de El Cocuy, que oficialmente se llama de “Cocuy, Güican y Chita”, tres de los  municipios con jurisdicción sobre la totalidad de la Sierra, El Cocuy es un delicado e importantísimo ecosistema, proveedor de aguas cristalinas, que luego terminarán alimentando a muchos ríos, entre ellos el Casanare, el Arauca y nuestro muy querido Chicamocha.

Para llegar al Cocuy, si se está en plan de mochila, la cosa es tomar bus desde Bucaramanga hacia Duitama (la ruta larga pero cómodamente pavimentada) o hacia Málaga (la vía corta pero destapada y sinuosa) y de ahí tomar hacia Capitanejo y luego conectar a El Cocuy, pueblo que le da el nombre común a la Sierra. Desde ahí se puede alquilar transporte expreso, o esperar al camión lechero hacia la parte alta de la Sierra propiamente dicha, para aclimatar en las cabañas Guaicaní y en fin. Toda esta información (transporte, equipo, recorridos, precauciones) la consiguen fácil en internet o de boca de mi guía, Juan Carlos Santander, y no es ese el propósito de este artículo, sino contarles de la maravilla, de lo incomparable y sorprendente que es ese lugar, más para el caso de un calentano como yo, que no conocía hielo distinto al de su refrigerador. Y de cómo la montaña, la imponente, la piedra gigante que se levanta y que deja correr hilitos de agua helada, en medio de unos frailejones, peludos como orejas de burro, y de ese cielo, ese cielo indescriptible, que se cierra sin previo aviso, cobrándonos su tributo a los soberbios que llegamos dizque entrenados a tratar de desafiarla, haciéndonos desfallecer con el delgadísimo aire que habita los 4.000 m.s.n.m. Y de la sensación de infinita alegría que se siente de contemplar esa aparentemente cercana cresta de blanco celestial, pero que en efecto se encuentra a muchos y pesados pasos de distancia, que luego, bien vistos no eran tantos. Y tal vez contarles de la euforia que casi hace llorar de alegría (bueno, lo confieso, hace llorar) al presenciar la maravilla hecha roca, nieve, agua, cielo azul, viento y silencio, todo el silencio del mundo, que rompemos después de quedar boquiabiertos un rato en la contemplación. Y la fortuna de encontrar señal celular para contarle a la gente querida,”mirá, que estoy a 4.700 m y estoy viendo al dios de la montaña y el cielo sonreír”. O tal vez, de lo refrescante que puede ser volver a la carpa para tomarse algo parecido a una sopa de tomate y no parar de sonreír, o de la calidez humana de doña Margarita y Liliana, las anfitrionas de Guaicaní (y David, el pelao de Liliana), boyacas hasta los huesos, dulces y abrigadoras con los visitantes que bajan exhaustos y exultantes del encuentro con la vida grande en la montaña.

No sé bien que contar de tanto que ví, de tanto que sentí. Casi cualquier cosa que diga de los Ritacubas, o de la Laguna de la Plaza, que nos quedaron en tarea pendiente, o del Púlpito del Diablo y el Pan de Azúcar que sí presenciamos, cualquier palabra humana es corta y escasa para describir a un sitio que nos reconcilia, absoluta y tajantemente con la vida y deja en entre dicho la arrogancia de eso que llamamos desarrollo y progreso.

 

 

Bucaramanga, octubre 2007.

Para revista La Quinta / Olga Osuna, editora.